MIS ÚLTIMAS 24 HRS DE VIDA

Nacional 

Diciembre, 8, 2020 

El tema de la pandemia nos sensibiliza con temas mucho más fuertes, como la muerte. Cada día sabemos de nuevas personas que han enfermado y siguen muriendo. La muerte se ha vuelto dolorosa, pues es sabido que quien entra a un hospital por nuestro nuevo virus, no hay posibilidad de despedirse, ni de hacer los funerales como algunos lo habrían deseado, tanto los que se van como los que se quedan y desean realizarlo.

La muerte se vuelve cercana, en época de pandemia la muerte ha subido al escenario para estar cercana, presente vigente.

La pandemia ha evidenciado la crisis social, política y económica que vivimos, y aunque por preceptos culturales se han tenido que dejar de lado, algunas costumbres han tenido que dejarse de lado, por lo que ahora solo queda esperar de acuerdo a la ficha que nos haya tocado, cuando nos entregarán las cenizas de nuestro ser querido.

La muerte está cercana y presente, pero sin duda la vida es bella y la podemos valorar cuando el entorno que hemos construido el amor ha sido la base.

Pero, nos hemos puesto a pensar ¿qué haré con la vida que me queda? Las respuestas pueden ser variadas, pero ¿lo hemos pensado seriamente? ¿Qué haríamos si supiéramos que nos quedan sólo 24 horas de vida?

Ayleen Ramírez Lemus, se enfrentó al dilema y decidió escribir al respecto. Ella pertenece a la generación millennial, esa a la que se le acusa de ser narcisistas, egoístas y creerse con demasiados derechos, de que buscan la respuesta rápida, que tienen pocos satisfactores, a la que se les aseguró que tendrían todo y la actual crisis les niega las oportunidades.

A esta generación les hemos puesto muchas etiquetas, pero jóvenes como Ayleen nos demuestra que también tenemos puesto en ellos, la esperanza.

Ayleen escribió esta profunda y bella reflexión de que harías si te dijeran que sólo tienes 24 horas de vida y nos deja el siguiente texto que por su fuerza y belleza deseamos reproducir y compartir con nuestros lectores en esta ocasión.

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¿Qué haría con la vida que me queda? Primero que nada, leería mis pasajes favoritos de todos los libros que he leído, tomaría un baño y convivirá con mis amigos cercanos, mi mamá, mi papá y mi hermano.

Tal vez, para lograrlo, tendría que hacer una pequeña comida en casa, pero no le encuentro problema, descubrí que amo cocinarle a los que más quiero.

Un detalle importante: los mantendría en la ignorancia para no afectar sus comportamiento a mi lado, porque me gustaría presenciar la dicha de su naturalidad al estar conmigo.

Al final de la comida haría un brindis por cada momento que hayamos vivido juntos y los despediría en la puerta de mi casa con un abrazo de corazón a corazón.

Nada sería forzado y sus sonrisas permanecerán intactas en mi memoria.

Mi último atardecer lo viviría en compañía de mi hermano. Él ama tomarse fotos en esos paisajes, y yo siempre me veo complacida con cumplir sus caprichos al respecto. Caminaremos al mejor lugar de la casa, aquél rinconcito que deja entrar la luz del sol y que nos deja adivinar perfectamente si el color de hoy será morado o naranja. Ojalá mi último atardecer sea de color morado y ojalá sea durante el invierno.

Es mi momento del día favorito y estaría en combinación con la estación en la que mi alma se siente a gusto. Rubén y yo reiríamos ante sus poses absurdas y tomaríamos un té de frutos rojos, su favorito.

Después, más noche y en la soledad de mi habitación, comenzaría a escribir mis adioses. Una carta para cada persona por la que mi corazón tiene la fuerza de latir hasta el día final. En ella, mi pluma se deslizaría en el papel como lo hace con la honestidad de mi pesar por dejar de verlos crecer. A mamá y papá les agradecería las oportunidades, las noches de películas donde podía acurrucarme entre sus brazos y protegerme del mundo, la enseñanza y la guía. A mis amigos, toda la risa y todo el llanto.

Y a mi hermano… Oh, a mi hermano es a quien más me duele dejar atrás. A él le escribiría una carta por cada cumpleaños que no podré abrazarlo y verle soplar las velas. Le daría esperanza a sus pesares y le recordaría siempre lo mucho que lo amo. También, tal vez, le escriba algunas lecciones de vida a las que sé que hoy en día hacen oídos sordos. Sobre todo, le diría que siempre lo cuido y siempre lo seguiré haciendo.

Que en el mundo material en el que él se encuentra le he dejado dos ángeles para cuidarlo, porque no es broma. Verá, durante la secundaria y preparatoria varias veces había pasado por noches que denominé “noches de tortura”, eran noches difíciles donde mi equilibrio emocional pendía de un hilo y donde mis dos mejores amigos (Michelle e Iván) se empeñaban en prometerme cuidarlo fervientemente y verlo crecer por mí si algo me pasara.

Gracias al destino, hoy sigo aquí, y ellos también. Cerraría cada carta con un pequeño verso y las sellaría con un fragmento de mi corazón. Para las cartas de mí hermano me vería en la obligación de agregarle un libro nuevo para que lea. No me crea tan prepotente como para ponerle textos tan complicados que necesite 4 leídas para entender sus filosofías.

No. Mi anhelo es ponerlo a leer novelas sencillas y cercanas al corazón de la humanidad, porque lo único que busco de él leyéndolas es que se descubra a sí mismo y aprenda algo por cada nuevo año que cumple.

Busco que sienta. Que llore y se emocione. Le pediría leerlos para que siga aprendiendo del mundo, de su historia y sus momentos de amor.

Al terminar de escribir las cartas seguramente el sol se filtraba por la ventana de mi habitación con los primeros rayos del nuevo día. Un nuevo amanecer. Y tal vez por las prisas olvidaría lavarme los dientes antes de irme a dormir, aunque eso sí, me aseguraría de ver, por última vez, las fotos que tengo catalogadas como mis favoritas en el celular.

¿Ve eso? ¿Se lo puede imaginar? Qué preciosas sonrisas las que tienen quienes posan, felices y despreocupados, en ellas. Pensaría que vivir es un detalle precioso y que amar, con todo y su dolor, es algo de lo que nadie debería privarse.

Luego, ya cercano el final, indudablemente me quedaría dormida.

Sí… Eso haría en mis últimas 24 horas de vida.

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